La venezolanita Hanoi nació en Hà Nội
Este martes 6 de febrero del almanaque occidental y 10 de enero de calendario lunar (Año del gallo), vio luz una pollita venezolana llamada Hanoi, como la capital de Vietnam.

Este martes 6 de febrero del almanaque occidental y 10 de enero de calendario lunar (Año del gallo), vio luz una pollita venezolana llamada Hanoi, como la capital de Vietnam.

Jura que Dong Hoi lo persigue como una bendición eternizada en lo hondo de su recuerdo, “será porque en ese lugar nací por segunda vez”, sugiere Enrique Blanco Solís con una amplia sonrisa, la única que emitió a lo largo de su emotiva conversación con nosotros.
Quizás por la osadía del líder cubano, por lo insólito de su gesto o por el hecho mismo de que fuera él su protagonista, aquel suceso estalló como un “volcán” solidario. El 15 de septiembre de 1973, la noticia de que el Comandante había llegado a Quang Tri -la “tierra de acero”, atravesada por el Paralelo 17- se expandió como ondas de sismo.

Cuentan que su voz afilada y febril retumbó aquella noche, que derramó jirones de afecto en cada palabra, mientras con su mirada limpia rastreaba los rostros de sus anfitriones: Le Duan, Truong Chinh, Pham Van Dong, Vo Nguyen Giap… Casi al final del discurso Fidel levantó su copa, y brindó “por la eterna e indestructible amistad de los pueblos de Vietnam y Cuba”.

La frase "Comenzaron a matar para vencer, luego mataban porque no podían vencer", del gran líder de la revolución vietnamita, Ho Chi Minh, ha sido repetida una y otra vez, por lo menos desde las invasiones de Francia y Estados Unidos a la Indochina, y hoy, un siglo después mantiene vigencia porque los ejércitos imperiales, bajo la hegemonía del Pentágono, se consideran los “policías del mundo y de sus riquezas”, además, “guardianes de la democracia”.

Muy pronto los ojos intentarán saborear, pero el viajero no lo sospecha, porque la nave aún planea sobre la noche anamita, a más de 15 mil pies de altura; en pocos minutos entrará como en el umbral de una supernova. Adentro impera el silencio, afuera, la oscuridad.

Regresa Vietnam a Cuba, acaso un regalo a Fidel en otro agosto inolvidable y ardiente. Por estos días en que la isla celebra el cumpleaños 90 del comandante invicto, las imágenes del país indochino irrumpen en los hogares cubanos, como aire que viene a refrescar la memoria.
Pareciera que a Rodrigo Rodríguez no le basta la variedad de matices que le imprime a su verbo elocuente, para contar las emociones vividas durante los días en que vertió sudor solidario en Vietnam. Tal vez eso explique la abundante gestualidad que acompaña cada frase y cada palabra suya. Cuando habla del tema su mirada grafica las emociones, sus ojos son un cuadro de sentimientos, una mezcla de angustia, ira, rebeldía y esperanza. A Vietnam, Rodrigo siempre lo mira con gratitud.

Hue, veinticinco de Octubre. Si pudiera robarse a la ciudadela, si pudiera cargarla y llevarla con él de regreso, el visitante lo haría; su quimérico deseo se acrecienta cuando el avión está a punto de iniciar el despegue. En breves minutos Hue será un lienzo de luces y sombras que caben en una mirada, son las 8 y 55 de la noche; a esa hora la urbe es idéntica y diferente; el viajero no logra verla tal como es: única, encantadora, enigmática, hospitalaria.

La sorpresa resultó en extremo agradable. La presencia de Ho Chi Minh en el mismo sitio donde nací, revivió un presentimiento orgulloso de mi niñez. Fue un encuentro casual en el norte de la ciudad primada de Cuba, Baracoa, situada a mil 100 kilómetros de La Habana y a más de 18 mil de Vietnam.