Ofensiva del Tet
El mono (tierra) no ayudó en nada a Lyndon Johnson

El mono (tierra) no ayudó en nada a Lyndon Johnson

Un recorrido por calles de esta capital acerca hoy al visitante a tradiciones quizás como en ninguna otra época y la razón es muy simple: llega el Tet, la celebración más importante en la cultura vietnamita.

Costumbres arraigadas y actividades diversas identifican a Vietnam ante la llegada del Año Nuevo Lunar el 8 de febrero, uno de los festejos más importantes para la población en el país. Desde el campo hasta las ciudades, todos sus pobladores, niños, ancianos, adultos, empresarios, amas de casa y estudiantes, dejan de realizar labores cotidianas para dedicar tiempo a ayudar en los preparativos del Tet Nguyen Dan (más conocido por Tet, en su forma abreviada) o Fiesta de la Primera Mañana del Primer Día.

Tal vez la naturaleza le devolvió el esplendor exclusivo que las bombas le arrebataron; o fue quizás el empeño restaurador del gobierno y los habitantes, quienes obraron el milagro de revivirla; por suerte y por alguna razón, esta perla vegetal, enigmática y fascinante, sigue decorando los alrededores de Hue.

Alguien podría preguntarse cómo pueden Cuba y Vietnam, dos países de cultura, geografía y costumbres distantes, tener una amistad tan especial y duradera. Debemos remontarnos a más de un siglo atrás: a ese azar del calendario, cuando marcó un 19 de mayo el nacimiento de Ho Chi Minh en 1890 y la caída en combate de José Martí en 1895. Ambos próceres asumieron la independencia de la Patria como lo más sagrado, la unidad como premisa de victoria y cifraron en los niños y jóvenes la esperanza de un futuro luminoso.

Un lienzo infinito, de policromía singular, absorbe la mirada; los ojos se pierden en el formidable concierto de arquitectura y naturaleza; es la ciudad de Hue, que despierta a los pies del hotel Moonlight (luz de la luna), erguido en el corazón de la urbe asentada en el centro de la geografía vietnamita, 540 kilómetros al sur de Hanói.

Paisajes de ensueños, jardines convertidos en semilleros, hortalizas disputándose espacios en los solares, valles plagados de plantaciones. Las áreas improductivas no existen en la geografía vietnamita.

A principio de los años setenta del siglo pasado, mientras los vietnamitas se batían y crecían ante los ojos del mundo, frente a la barbarie imperial, una voz, en nombre de Cuba, advirtió que “por Vietnam estamos dispuestos a dar hasta nuestra sangre”. Con esa frase, Fidel resumía el sentir del país en el que crecí rebosado de afecto y admiración por Vietnam, me conmovieron sus luchas, me estremeció su dolor, y, como toda la isla, vibré de alegría cuando llegó la noticia de que había caído Saigón.

Vietnam es una cultura ancestral que la modernidad no ha podido barrer. Lo contemporáneo y lo antiguo se dan allí en equilibrio perfecto. Cualquier punto de la geografía irradia señales de un país en ascenso vertiginoso: una infraestructura vial confortable, parques industriales en expansión, fábricas, mercados, inmuebles centenarios y edificios que amenazan el cielo

Aunque Vietnam declaró su independencia en 1945, debieron transcurrir nueve años de intensa resistencia armada, para que los franceses se marcharan de todo el territorio, tras sufrir su Waterloo II en la explanada de Dien Bien, al noroeste del país indochino.
